domingo 22 de enero de 2012

Impuestos indefendibles




Llámenme raro, pero de verdad que estoy disfrutando con el espectáculo de Mitt Romney interpretando la danza de los siete velos, en parte, claro está, por voyeurismo, pero también porque ya era hora de que tuviéramos esta conversación.
El tema de esta danza, para aquellos que no han estado prestando atención, son los impuestos, sus propios impuestos. Aunque divulgar la declaración de la renta es una práctica habitual entre los candidatos políticos, Romney nunca lo ha hecho y, al principio, puso trabas al asunto, a pesar de que se presenta para presidente. Más tarde dijo que seguramente paga solo el 15% de sus ingresos en impuestos, y dio a entender que a lo mejor divulga su declaración de 2011.
Sin embargo, con todo y eso, se verá presionado para que dé a conocer también las declaraciones anteriores, como hizo su padre, que divulgó 12 años de declaraciones cuando fue candidato a la presidencia. (Romney padre, por cierto, pagaba el 37% de sus ingresos en impuestos).
Y la opinión pública tiene derecho a ver los años anteriores: es posible que en 2011, con la campaña en el horizonte, Romney haya reorganizado su cartera para restar importancia a temas incómodos como sus cuentas en las islas Caimán o su uso de la justamente vilipendiada exención fiscal de la "participación en beneficios".
Pero la gran pregunta no es lo que las declaraciones de la renta de Mitt Romney nos dicen sobre Mitt Romney; es lo que nos dicen sobre la política fiscal estadounidense. ¿Hay una buena razón por la que la carga fiscal de los ricos deba ser tan increíblemente ligera?
Porque lo es. Si Romney está diciendo la verdad sobre sus impuestos, es más o menos típico de los muy ricos. Desde 1992, el Internal Revenue Service [la Hacienda estadounidense] ha estado publicando datos sobre ingresos e impuestos de los 400 contribuyentes con las rentas más altas. En 2008, el año más reciente del que se dispone de datos, estos contribuyentes pagaron solo el 18,1% de sus ingresos en impuestos sobre la renta federales; en 2007 pagaron solo el 16,6%. Si tenemos en cuenta que los ricos pagan bien poco en impuestos sobre nóminas o en impuestos estatales y locales -unas cargas importantes para las familias de clase media-, esto significa que los contribuyentes con las rentas más altas tienen que pagar menos impuestos que muchos trabajadores de a pie.
La razón principal por la que los ricos pagan tan poco es que la mayor parte de sus ingresos adoptan la forma de plusvalías, que están gravadas con un tipo máximo del 15%, muy por debajo del máximo que se aplica a sueldos y salarios. De modo que la cuestión es si las plusvalías -tres cuartas partes de las cuales van a parar al 1% más alto de la distribución de la renta- merecen un tratamiento especial.
Los defensores de los impuestos bajos para los ricos esgrimen fundamentalmente dos argumentos: que los impuestos sobre plusvalías bajos son un principio consagrado por el tiempo, y que se necesitan para fomentar el crecimiento económico y la creación de puestos de trabajo. Ambas afirmaciones son falsas.
Cuando oigan hablar de los impuestos tan, tan, bajos de gente como Romney, lo que necesitan saber es que no siempre ha sido así, y los días en que los superricos pagaban impuestos mucho más altos no son tan lejanos. En 1986, Ronald Reagan -sí, Ronald Reagan- firmó una reforma fiscal que igualaba los tipos más altos sobre los rendimientos del trabajo personal y las plusvalías en un 28%. El tipo del impuesto aumentó más, hasta superar el 29%, durante el primer mandato de Bill Clinton.
Los impuestos sobre plusvalías bajos se remontan a 1997, cuando Clinton alcanzó un pacto con los republicanos en el Congreso por el cual redujo los impuestos para los ricos a cambio de la creación del Programa de Seguro de Salud Infantil. Y los tipos ultrabajos de hoy en día -los más inferiores desde los tiempos de Herbert Hoover- no se introdujeron hasta 2003, cuando el expresidente George W. Bush presionó parra que se aprobara una rebaja del impuesto sobre plusvalías y una reducción del impuesto sobre dividendos en el Congreso, algo que consiguió explotando la quimera del triunfo en Irak.
Los bajos impuestos de los muy ricos también son un acontecimiento reciente. Durante el primer mandato de Clinton, los 400 contribuyentes con las rentas más altas pagaban cerca del 30% de sus ingresos en impuestos federales, e incluso después del pacto fiscal pagaban considerablemente más de lo que han estado pagando desde el recorte de 2003.
Entonces, ¿es esencial que los ricos reciban unas exenciones fiscales de ese calibre? Hay razones teóricas para otorgar un tratamiento especial a las plusvalías, pero también hay argumentos teóricos y prácticos en contra de ese tratamiento especial. En concreto, el enorme desfase entre los impuestos sobre rendimientos del trabajo personal y los impuestos sobre rendimientos no salariales crea un perverso incentivo para organizarse de modo que los ingresos aparezcan en la categoría "correcta".
Y está claro que el historial económico no corrobora la idea de que los impuestos superbajos para los superricos sean la clave de la prosperidad. Durante aquel primer mandato de Clinton, cuando los muy ricos pagaban impuestos mucho más altos que ahora, la economía creó 11,5 millones de puestos de trabajo, lo cual desluce todo lo logrado durante los años buenos del Gobierno de Bush.
Por eso, el baile fiscal de Romney nos está haciendo un favor a todos al poner de relieve las insensatas, injustas y caras atenciones con que se está colmando a la clase alta-alta. En un momento en que la gente que se autodenomina seria está diciéndonos que los pobres y la clase media deben sufrir en nombre de la honradez fiscal, unos impuestos así de bajos para los muy ricos son indefendibles.

 Paul Krugman es profesor de Economía en Princeton y premio Nobel de 2008.

sábado 21 de enero de 2012

El mundo ya ingresó en la segunda fase de la crisis





Entrevista a Gérard Duménil, economista francés


En todas partes la derecha retomó la ofensiva. Ella se limita a la cuestión del déficit fiscal y al aumento de la deuda pública. Ella simula no ver que la austeridad presupuestaria, además de la transferencia del peso de la deuda a las clases populares que le agrada, no puede sino producir la recaída en una nueva contracción de la actividad. Se trata de la segunda fase de la crisis. Esta segunda fase no será la última. La nueva inmersión en la recesión necesitará de nuevas políticas, sostiene el economista francés Gérard Duménil en una entrevista con Jornal da Unicamp (Universidad de Campinas).




El economista francés Gérard Duménil es autor de varios libros y ensayos sobre el capitalismo contemporáneo. Este año publicó, en colaboración con Dominique Lévy, el libro La crisis del neoliberalismo (Harvard University Press, 2011). Duménil participó en una Conferencia sobre la actual crisis, realizada por el Centro de Estudios Marxistas (Cemarx), en el ámbito del programa de graduados en Ciencias Políticas del Instituto de Filosofía y Ciencias Humanidades (IFCH) de la Unicamp.

El acuerdo secreto de Geithner con los dirigentes de la Unión Europea



Los mercados de valores estadounidenses y extranjeros siguen zigzagueando salvajemente a la espera de despejar la incertidumbre sobre la supervivencia del euro y ante unas sufridas poblaciones que arrostran las consecuencias de las políticas de austeridad neoliberal impuestas a Irlanda, Grecia, España, Italia, etc. Voy a contarles la historia que me fue confiada por responsables económicos europeos en relación con los últimos episodios caóticos en Grecia y en otras economías europeas deudoras y presupuestariamente deficitarias. (Faltan los detalles, puesto que las negociaciones se han desarrollado en el más absoluto de los secretos: lo que sigue es, pues, una reconstrucción.)
En otoño de 2011, resultaba evidente que Grecia no podría saldar su deuda pública. La UE sacó la conclusión de que había que depreciar esa deuda en un 50%. La alternativa a eso era la quiebra sobre el total de la deuda. Así que, básicamente, la solución para Grecia venía a reproducir lo que había ocurrido con la deuda latinoamericana en los 80, cuando los gobiernos substituyeron la deuda existente y los préstamos bancarios por bonos Brady, así llamados por el secretario del Tesoro de Reagan, Nicolas F. Brady. Esos bonos tenían un principal más bajo, pero al menos se consideraba seguro su cobro Y en efecto, se hicieron los pagos.

UE: La disciplina presupuestaria, un excelente negocio para los bancos




Poco antes de Navidades, los bancos se encontraron con el “ahora te toca a tí”: el Banco Central Europeo (BCE) ha ofrecido un marco crediticio completamente nuevo: la gigantesca suma de casi medio billón de euros, a tres años y un interés tan bajo –un uno por ciento, el actual tipo de interés oficial del banco central–, que parece sacado de un cuento de hadas. Y los clientes se sirven ávidos, entre otras cosas porque el BCE acepta prácticamente todos los empréstitos de los países de la eurozona como garantías. Los negocios bancarios son fluidos, pero eso ayuda poco. El comercio interbancario sigue estancándose porque los bancos no se fían los unos de los otros mientras avanzan por este camino, así que no puede hablarse de un boom en los créditos de inversión.
¿Adónde fue el dinero? Algunos bancos han comprado bonos públicos, España e Italia pueden colocar con éxito sus títulos de deuda de dos a cinco años, pero la mayoría de bancos quieren poner su dinero de inmediato en las cajas fuertes del BCE. Y esas cajas fuertes rebosan: más de 450 mil millones de euros descansan ya en ellas. Los bancos nadan en dinero y son, como siempre, histéricos acreedores del estado. Puede verse como si hubiera sido favorable para el BCE comprar bonos públicos de los países que atraviesan problemas económicos y embolsarse con ello los intereses. Pero el gobierno alemán lo rechaza, porque un procedimiento así supuestamente socava la disciplina presupuestaria.
Con el antiguo Presidente del BCE, Jean-Claude Trichet, se compraron abiertamente en los mercados secundarios bonos soberanos por un valor total de 300 mil millones de euros. Con su sucesor, Mario Draghi, sucede todo lo contrario: a los bancos privados se les inyecta dinero barato para que sigan comprando los bonos del tesoro de los países de la zona euro, refinanciándolos y enriqueciéndose en el proceso. Por desgracia el BCE pierde así dinero e influencia. De adquirir directamente los bonos, de los intereses se beneficiarían los países miembros. Una venta así, o créditos directos del BCE a países como Grecia, Portugal o España, podrían además estar vinculados a una demanda, completamente razonable, de impulsar una restructuración de las débiles economías del sur en lugar de recetarles un ahorro a cualquier precio.

martes 17 de enero de 2012

Las dificultades de Estados Unidos


Los indicadores macroeconómicos de Estados Unidos han sido mejores de lo esperado en los últimos meses. La creación de empleo se ha acelerado. Los indicadores de los sectores de manufactura y servicios han mejorado de forma moderada. Incluso la industria de la vivienda ha mostrado algunas señales de vida. Y el crecimiento del consumo ha sido relativamente resistente.
Sin embargo, a pesar de los datos favorables, el crecimiento económico de EE.UU. seguirá débil y estando por debajo de la tendencia a lo largo de 2012. ¿Por qué no son creíbles las buenas noticias económicas recientes?
En primer lugar, los consumidores estadounidenses siguen sufriendo problemas de ingresos y estando limitados por las deudas. La renta disponible ha crecido modestamente -a pesar de un estancamiento de los salarios reales- principalmente como resultado de los recortes de impuestos y las transferencias. Esto no es sostenible: tarde o temprano será necesario reducir los pagos de transferencias y elevar los impuestos para reducir el déficit fiscal. Los datos recientes de consumo ya se están debilitando en relación con un par de meses atrás, marcados por unas ventas navideñas minoristas apenas pasables.

EE UU no es una sociedad anónima

                                                                                  


Y la avaricia -acuérdense de lo que les digo- no solo salvará a Teldar Paper, sino también a esa otra sociedad anónima que funciona tan mal llamada EE UU".
Así es como el personaje de ficción Gordon Gekko concluía su famoso discurso de la avaricia es buena en el largometraje de 1987 Wall Street. En la película, Gekko se lleva su merecido. Pero en la vida real, el gekkoísmo ha triunfado, y la política basada en la idea de que la avaricia es buena es una de las principales razones por las que los ingresos del 1% más rico han aumentado mucho más rápidamente que los de la clase media.
Hoy, sin embargo, nos vamos a centrar en el resto de esa frase, que compara Estados Unidos con una sociedad anónima. Esta también es una idea que ha sido comúnmente aceptada. Y es la parte esencial del argumento de Mitt Romney para ser elegido presidente: en realidad, está afirmando que lo que necesitamos para arreglar nuestra economía enferma es alguien que haya triunfado en los negocios.
Al hacerlo, lógicamente, se ha buscado un examen riguroso de su carrera empresarial. Y resulta que hay como mínimo un tufillo a Gordon Gekko en el tiempo que pasó en Bain Capital, una empresa de capital riesgo; se dedicaba a comprar y vender negocios, a menudo en detrimento de los empleados, en vez de ser alguien que dirigía empresas pensando a largo plazo. (Además, ¿cuándo va a hacer públicas sus declaraciones de la renta?). Tampoco ayuda a su credibilidad el hacer afirmaciones insostenibles acerca de su papel como "creador de empleo".

Los peligros de 2012

                                                                                                     
El año 2011 será recordado como la época en que muchos estadounidenses que siempre habían sido optimistas comenzaron a renunciar a la esperanza. El presidente John F. Kennedy dijo una vez que la marea alta eleva todos los botes. Pero ahora, con la marea baja, los estadounidenses no solo comienzan a ver que quienes tienen mástiles más altos han sido elevados mucho más, sino que muchos de los botes más pequeños han sido destrozados por el agua.
En ese breve momento en que la marea creciente estaba, efectivamente, subiendo, millones de personas creyeron que tenían buenas probabilidades de cumplir su «sueño americano». Ahora también esos sueños están retirándose. En 2011, los ahorros de quienes habían perdido sus empleos en 2008 o 2009 ya se habían gastado. El seguro de desempleo se había terminado. Los titulares que anunciaban nuevas contrataciones –aún insuficientes para incorporar a quienes habitualmente se suman a la fuerza laboral– significaban poco para cincuentones con pocas ilusiones de volver a tener un empleo.
De hecho, las personas de mediana edad que pensaron que estarían desempleadas por unos pocos meses, se han dado cuenta a esta altura de que, en realidad, fueron jubiladas a la fuerza. Los jóvenes graduados universitarios con decenas de miles de dólares de deuda en créditos educativos no podían encontrar ningún empleo. La gente se mudó a las casas de sus amigos y los parientes se han convertido en sin techo. Las casas compradas durante la burbuja inmobiliaria aún están en el mercado, o han sido vendidas con pérdidas. Más de 7 millones de familias estadounidenses han perdido sus hogares.